Una reflexión sobre la Formación del Jugador de Elite

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El presente escrito muestra la forma personal de entender el fenómeno del Fútbol en general y de la Formación del jugador de Elite en particular. Es una percepción individual basada en UNA realidad conformada por la específica experiencia, conocimientos y reflexiones propias del autor.

Así pues, no es su objetivo dogmatizar ni establecer sentencias inamovibles sino que pretende estimular la reflexión y generar dudas sobre el importante trabajo de Formación en Fútbol.

Jugador de Elite vs Jugador en Formación

Es necesario comenzar por distinguir claramente lo que es un jugador de elite o “formado” de otro “en formación”, lo cual es fácil cuando somos capaces de asumir que un niño no es un “ser hecho” o adulto en pequeño.

  • Jugador de Elite: aquel jugador que forma parte de un equipo participante en competición de alto nivel. En Fútbol se refiere a la Primera y Segunda División.
  • Jugador en Formación (Joven Talento): aquel joven que posee un potencial deportivo de desarrollo que le puede permitir alcanzar el alto rendimiento en el futuro, aunque su rendimiento actual no sea de los más destacados o elevados.
  • Un jugador “en formación” es un SER en desarrollo donde el aprendizaje debe predominar sobre el rendimiento inmediato o temprano. Así pues se relaciona con el niño o joven que debe desarrollar todo su potencial.

Un jugador “formado” es un SER maduro donde el rendimiento prevalecerá sobre el aprendizaje. En este caso se encuentran aquellos que pueden participar de la competición oficial adulta en el alto nivel.

Esto nos lleva a considerar lo imprescindible que resulta diferenciar entre “rendimiento” y “potencial” o aprendizaje. El joven que disponga de unas características físico-­‐deportivas naturales o genéticas (Nature) dispondrá de mayores posibilidades de alcanzar altos rendimientos futuros que aquellos menos dotados. Pero parece ser que los genes por sí solos no nos determinan, solo nos predisponen, y es necesario enfrentar al individuo con estímulos adecuados (Nurture) que desencadenen la interacción necesaria para el desarrollo pleno del potencial individual.

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No cabe duda que cuando se conjugan de forma perfecta los dos aspectos (Nature + Nurture) alcanzaremos el jugador “genial”. Pero los “genios” no trabajan menos, simplemente empiezan con una ventaja en la línea de salida, siendo imprescindible el esfuerzo para sacar provecho de esa ventaja de los “genes”.

Es evidente que nuestra intervención sobre el Nature no es posible, por lo que debemos enfocar nuestro esfuerzo sobre la organización de los estímulos más adecuados, dirigido a crear el mejor “entorno vital” o “nicho ecológico” que fomente la iniciativa del niño para interactuar con el medio y asegurar el pleno y óptimo desarrollo de su potencial.

Nuestro objetivo de formación será entonces el de conseguir que cada niño nunca llegue a ser menos de lo que su potencial le permitiría ser.

Así, el hecho de no poder intervenir (al menos en estos momentos) sobre el Nature no significa que no debamos conocer lo más exactamente posible el nivel de partida de cada sujeto, de tal forma que su conocimiento nos facilite la aplicación de las medidas más ajustadas a las necesidades de cada cual.

En la actualidad prevalece una forma de conocimiento o valoración del nivel del niño surgida de la dinámica “adulta” y, por tanto, inadecuada para el SER en formación. Es necesario conocer y asumir con todas sus consecuencias las medidas diferenciadoras que son necesarias en cada nivel.

En este sentido no podemos seguir valorando al niño con las referencias de criterios adultos como lo es el “rendimiento inmediato, prematuro, momentáneo o actual”. Es decir, valoramos a un jugador, desde la más temprana edad (6, 7, 8.. años), igual que lo hacemos con un jugador profesional, esto es aplicando la “diagnosis”, que sólo ve lo superficial y no lo profundo, por lo que se suele empezar a decir que tenemos a una “futura estrella del balón” cuando le vemos rendir bien en uno o varios partidos .

Durante la formación necesitamos de un criterio de valoración más acorde con la “propiedad” esencial del SER en desarrollo que no es otra que sus posibilidades futuras, su “potencial”. En este sentido se propone aplicar un proceso de “PRO-­‐gnosis”, más acorde con el conocimiento que nos acercará a definir lo que cada cual puede llegar a ser en el futuro por el potencial que dispone. En este caso debemos “relativizar” el rendimiento actual, ponderando su valor en relación con otros criterios más propios de lo puramente “humano” y menos de lo “futbolístico”.

En este punto podemos decir que el “talento en Fútbol” o el futuro Jugador de Elite no es sólo aquel que rinde mucho en una edad temprana sino quien, además de poder cumplir lo anterior en algún caso, tiene un mayor potencial de desarrollo que los demás.

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El principio del Rendimiento Retardado

Para ser coherente con lo anterior es necesario establecer medidas de acción que aseguren el pleno desarrollo del potencial individual. Respetar este objetivo exige respetar los estados de maduración propios del SER en desarrollo y por los que todos los seres humanos pasamos, aunque cada cual a diferentes ritmos, en diferentes momentos, etc.

Nuestro trabajo con los niños no puede convertirse en una carrera de velocidad para conseguir que ellos muestren grandes rendimientos lo antes posible, a edades lo más tempranas posibles, pues el uso de medios y métodos que tiendan a una especialización temprana tendrán un inevitable efecto “reduccionista” y deformador, pues, como es evidente en cualquier profesión, toda especialización supone un estrechamiento en una dirección determinada. (ver gráfico…)

Además, el rendimiento prematuro o temprano no garantiza el rendimiento futuro en edad madura. (Tabla de las selecciones). Como se puede apreciar en el análisis de las primeras cuatro selecciones en los Campeonatos Mundiales no existe correlación entre quienes alcanzan las posiciones privilegiadas en Sub-­‐17 y los siguientes niveles hasta el nivel mayor.

En un análisis sobre la edad de óptimo rendimiento de los elegidos por FIFA como mejores jugadores del Mundial 2006 (Tabla) se observa que tenían durante el campeonato una media de 29,9 años y, lo que es más importante, empezaron a formar parte del máximo nivel internacional con una media de 22,65 años de edad. Por tanto, es necesario preguntarnos: ¿es necesario provocar una explotación del potencial para que se alcance el nivel más alto a los 16, 17 años? Este trabajo nos orienta hacia un proceso que nos aconseja alcanzar el máximo rendimiento alrededor de los 22 años y que se dispone de una clara posibilidad de 7 años de alto rendimiento mantenido.

El no respetar este principio y tener prisa por acelerar el rendimiento, nos lleva, entre otras cosas, a sufrir lo que se ha venido en denominar el Efecto Relativo de la Edad, es decir, la existencia en los equipos de mayor cantidad de niños nacidos en el primer semestre del año (en las competiciones en que cada categoría de edad se organiza por año natural de nacimiento). (Tabla de 185 jugadores). Normalmente estos son niños que disponen de una ventaja en su crecimiento y maduración que, en edades tempranas, es una ventaja realmente importante en el “rendimiento inmediato”, pero que se va perdiendo a medida que van alcanzando la madurez y que incluso pueden ser superados por aquellos de maduración tardía.

A los niños nacidos primero se les dan prioridades y oportunidades que no tienen los nacidos tardíos pero ello no deja de ser una pérdida de recursos en el futuro.

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